lunes, 11 de marzo de 2013

Batalla Con Uno Mismo


Cuando por una razón o por otra decidimos vivir bajo cualquier tipo de cosmovisión del mundo que no incluya en lo absoluto a Dios, desatamos dentro de nuestros corazones una de las batallas más destructivas y dañinas que nos podamos imaginar. Vivir una vida donde Dios sea Él cimiento para luego extirparlo y reemplazarlo por otra idea es como lanzar un edificio de múltiples pisos a un pantano de arenas movedizas y querer que no se inunde.

En la vida y a medida que crecemos experimentamos muchos procesos de cambio, de crecimiento, errores y en ocasiones horrores. Cambiamos, maduramos y aprendemos a ver Él mundo de formas diferentes a medida que nuestro tiempo en este mundo pasa. Sin embargo, descartar a Dios de nuestras vidas no es un proceso de cambio, es la herida más grave que nos podemos infligir a nosotros mismos es una declaración de guerra contra Él espíritu de Dios que permitimos que habite en nuestro ser.

Cuando expulsamos a Dios de nuestras vidas comenzamos a pelear con esa parte de nuestro ser que cree en Él, que vivía para Él. Tratamos de silenciar todas esas ideas, sentimientos y experiencias que nos aseguraban en algún momento sobre la existencia de Dios, sobre su  amor, sobre la realidad de nuestra relación con Él.

La persona que se separa de Dios después de conocerle vive el día a día peleando con sus ideas, convenciéndose de que no necesita de Dios y que la vida que vivió anteriormente era una falsa. Estas personas se adentran a largos periodos de depresión o se convierten en seres altamente controversiales o quizás muy introvertidos reservando dentro de su mente y corazón una tormenta de pensamientos y contradicciones. Cualquiera que sea la personalidad de adquieren, en su interior viven luchando con Él Dios que conocían, con Él Dios que quieren pensar ya no existe (porque saben bien que en algún momento en sus vidas si existió)  y con las ideas que quieren pensar son meras ilusiones.

El resultado de esta batalla queda en manos de la persona misma y solo hay dos escenarios que muestran Él fin de la misma. En uno de ellos tenemos un ser destruido que se rinde ante sí mismo y decide correr a los pies de Dios en busca de una restauración, que anhela sentir Él espíritu de Dios y reconstruir todo lo que él ha decido destruir y pero que no ha podido borrar de su memoria y ser. En el otro escenario tenemos un ser igualmente destruido pero que vive en un camino de oscuridad profunda que con una fachada muy elegantemente construida logra apenas sobrevivir el diario vivir para ser atormentado en los peores momentos de su soledad y profunda tristeza.

Son muchas la situaciones o las razones por las cuales un hijo o hija de Dios puede pasar de creer fervorosamente en Dios a convertirse en un agnóstico o quizás ateo y no hay quien, excepto por Dios, que pueda juzgar sobre la validez de esa decisión. No es algo que tiene que ver con cuanto más crea una persona en Dios que otra, es algo que depende de la fortaleza de esa persona y cuan fuerte es su fe. Estas son cosas que se cultivan, destrezas que se practican y se desarrollan a medida que caminamos el camino que Dios nos separa. Son herramientas que vamos aprendiendo usar para que en el momento en que nuestra vida sea sacudida y nuestras convicciones cuestionadas sepamos qué hacer y en dónde buscar el refugio necesario para no separarnos del camino de luz y verdad. 

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