Cuando por una razón o por otra decidimos vivir bajo cualquier tipo de cosmovisión del mundo que no incluya en lo absoluto a Dios, desatamos dentro de nuestros corazones una de las batallas más destructivas y dañinas que nos podamos imaginar. Vivir una vida donde Dios sea Él cimiento para luego extirparlo y reemplazarlo por otra idea es como lanzar un edificio de múltiples pisos a un pantano de arenas movedizas y querer que no se inunde.
En la vida y a medida que crecemos experimentamos muchos
procesos de cambio, de crecimiento, errores y en ocasiones horrores. Cambiamos,
maduramos y aprendemos a ver Él mundo de formas diferentes a medida que nuestro
tiempo en este mundo pasa. Sin embargo, descartar a Dios de nuestras vidas no
es un proceso de cambio, es la herida más grave que nos podemos infligir a
nosotros mismos es una declaración de guerra contra Él espíritu de Dios que
permitimos que habite en nuestro ser.
Cuando expulsamos a Dios de nuestras vidas comenzamos a pelear
con esa parte de nuestro ser que cree en Él, que vivía para Él. Tratamos de
silenciar todas esas ideas, sentimientos y experiencias que nos aseguraban en algún
momento sobre la existencia de Dios, sobre su
amor, sobre la realidad de nuestra relación con Él.
La persona que se separa de Dios después de conocerle vive el
día a día peleando con sus ideas, convenciéndose de que no necesita de Dios y
que la vida que vivió anteriormente era una falsa. Estas personas se adentran a
largos periodos de depresión o se convierten en seres altamente controversiales
o quizás muy introvertidos reservando dentro de su mente y corazón una tormenta
de pensamientos y contradicciones. Cualquiera que sea la personalidad de
adquieren, en su interior viven luchando con Él Dios que conocían, con Él Dios
que quieren pensar ya no existe (porque saben bien que en algún momento en sus
vidas si existió) y con las ideas que quieren pensar son meras
ilusiones.
El resultado de esta batalla queda en manos de la persona
misma y solo hay dos escenarios que muestran Él fin de la misma. En uno de ellos
tenemos un ser destruido que se rinde ante sí mismo y decide correr a los pies
de Dios en busca de una restauración, que anhela sentir Él espíritu de Dios y reconstruir
todo lo que él ha decido destruir y pero que no ha podido borrar de su memoria
y ser. En el otro escenario tenemos un ser igualmente destruido pero que vive
en un camino de oscuridad profunda que con una fachada muy elegantemente
construida logra apenas sobrevivir el diario vivir para ser atormentado en los
peores momentos de su soledad y profunda tristeza.
Son muchas la situaciones o las razones por las cuales un
hijo o hija de Dios puede pasar de creer fervorosamente en Dios a convertirse
en un agnóstico o quizás ateo y no hay quien, excepto por Dios, que pueda
juzgar sobre la validez de esa decisión. No es algo que tiene que ver con
cuanto más crea una persona en Dios que otra, es algo que depende de la
fortaleza de esa persona y cuan fuerte es su fe. Estas son cosas que se
cultivan, destrezas que se practican y se desarrollan a medida que caminamos el
camino que Dios nos separa. Son herramientas que vamos aprendiendo usar para
que en el momento en que nuestra vida sea sacudida y nuestras convicciones cuestionadas
sepamos qué hacer y en dónde buscar el refugio necesario para no separarnos del
camino de luz y verdad.
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